Sesión Ocho: Solo para chicos

Domingo 2 de Agosto 2020


Todo comenzó cuando ayudé a mi querido amigo Janeiro en su panadería: ya has hecho sesiones de puras chicas, a ver, ¿por qué no haces una de puros hombres?, me dijo en un tono retador y les sirves cerveza, un corte de carne y cosas rudas.

Buena idea, una Sesión del Jardín solo de hombres, pero no les serviría cosas rudas, por el contrario jugaremos con eso, cocteles rosas, platillos con flores, sabores delicados sería lo que habría en la octava Sesión del Jardín.


Obviamente Janeiro estaría invitado, sobretodo porque era su cumpleaños.

Comenzaron a llegar, unos más temprano otros más tarde.

Era un día nublado así que lo hicimos en el área techada, con Cris, montamos la mesa con calma porque ese día tenía un invitado especial: Emiliano, amigo argentino, cocinero (de los mejores que conozco).




Me vestí de rosa y al poco tiempo llegó Indiana para pintar, de rosa también sin habérselo pedido.



Casi al comenzar empezó a llover así que todavía metimos más la mesa para que el aire no los empapara por la espalda, estábamos muy cerca y eran todos amigos. Ya estaban sentados a la mesa, ansiosos por saber qué iban a comer.















Sale el primer tiempo, una tapa de pan de masa madre, puré de habas tiernas y dalias de todos colores, con aceite de naranja.




Para el segundo tiempo se me ocurrió una combinación peculiar, sabores delicados, “femeninos” pero poco usuales: sopa de coco, lavanda y bacalao fresco.


Al último momento llegaron 2 comensales inesperados así que fue difícil porcionar la sopa, pasaba cucharadas de un plato a otro para que fuera suficiente.


Para este momento escuché de uno de los comensales que le hubiera gustado una porción más grande de cada cosa y otro, al saber que venía el plato fuerte, se preocupó por pensar que no se iba a llenar, pero no sabían lo que les esperaba.


El plato fuerte debía ser eso, fuerte, la representación femenina más intensa que se me podía ocurrir: el parto.

En cocina impresionan siempre las cocciones largas; 8, 10, 12 horas para la preparación de un platillo parece un gran acontecimiento, ¿se imaginan vivir ese número de horas dando a luz?

Esa era la intención de este platillo, un lechón, marinado 6 horas en leche, 6 horas con jugo de manzana y 5 horas al horno, tiempo promedio que 13 madres pasaron hace muchos años para que pudiéramos estar este día, sentados alrededor de esa mesa, impresionándonos por una “larga preparación” para el plato fuerte.

Hubo un íntimo silencio al explicar el por qué del platillo, vi en los ojos de todos el recuerdo de su madre y su agradecimiento. Claro que todo se disolvió cuando vieron al lechón entero salir sobre una tabla, enloquecieron.




Acompañado de puré de papas con queso añejo y mantequilla de hongos, jus de lechón y salsa de durazno.


Partían entre todos el lechón, chupaban los huesos, rascaban con su tenedor, nadie se imaginaba ese plato fuerte.



Tardaron un rato en acabarlo y lo deboraron todo, Indiana quería pintar la cabeza pero no se lo permitieron porque era deliciosa, comieron hasta dejar los huesos limpios.



Después del plato fuerte, como siempre, una ensalada, sencilla, fresca, dulce: lechuga y flores del jardín con una vinagreta de miel y vinagre de manzana.




Venía el postre y como ya es bien sabido, mi repostería no es la más perfecta así que serví el postre con el que me siento cómoda, claro, con sus respectivas variaciones.

Crema de requesón y limón amarillo con macadamias garapiñadas, sabores sutiles y frescos para dar fin a la comida.





Por último, varios minutos después de servir el postre, se les sirvió un cóctel, rosa obviamente, de betabel asado y moras.





Fue un experimento bueno el de servir solo a hombres, el ambiente era más eufórico que otras veces, había gritos, aplausos, risas a todo volumen.

Nos quedamos en la sobremesa mucho más que en otras ocasiones, se quedaron llenos hasta el día siguiente, pero sobretodo, el disfrute quedó en el aire por muchos días más.