Sesión Uno: Homenaje a padre y abuelo

Domingo 9 de febrero del 2020


La primera, el impulso, el comienzo.
Sería la presentación del proyecto, así que invité a gente cercana, mi padre y su esposa, mis suegros, mi cuñado y su esposa y 4 amistades queridas.

Todo estaba listo, la mesa para montar, hecha por el escultor mexicano Alfonso de Pablos, con superficie en mármol y maderas distintas, liquidambar, gravilia y encino para ser exacta; un cajón para cuchillos y repisas para colocar ahí lo que necesito para montar, al frente, en un carril, alineadas y boca abajo cuelgan 6 copas, un detalle práctico y hermoso.


La mesa para 10 comensales, hecha también por Alfonso, larga y pesada, con una base de acero que juega con mi mesa y para acomodar a l@s invitad@s 2 bancas largas, de maderas clara, adornadas con un cojín de su tamaño, negro, hechas por Sebastián de Pablos, mi pareja, mi cómplice en trabajo y aventuras, quien materializa mis ideas, quien construye lo que le pidas para conformar un sueño.





Todo colocado en el jardín de mi casa en el bosque mesófilo, rodeados de árboles, la mesa montada, vaso, copa, servilleta, cuchara, vaso, copa, servilleta, cuchara, vaso, copa… y así sucesivamente 10 lugares.




La cita era a las 2 y puntuales, llegaron Angélica y Alfonso y esperaron con paciencia.


Por la cocina afinamos los últimos detalles con calma. Cristina, quién nos ayudaría a lavar los platos, entre otros detalles, observaba todo desde la cocina, curiosa.

Llegó Ivanna y se sentó a platicar, después, con unas flores en la mano llegó Moshan (Maya, una perrita amiga que nos acompañó ese día, lo reconoció y quería sentarse a la mesa con el).


Llegaron Jerónimo y Andrea y se sintieron a gusto inmediatamente, le echaban flores a la mesa.


Caminando llegaron Peña y Mafer, con una sonrisa en la cara.


Por último, llegaron Juan y Citlalli.


La plática era amena así que no iniciamos enseguida, dejamos que fluyera, Sebastián, amablemente, les invitó a sentarse para dar inicio a la primera Sesión del Jardín.




Había dos “reglas” para l@s comensales:

La primera es que cada quien trae lo que guste tomar para compartir, vino blanco, tinto o mezcal. Una maravillosa idea tomada de la ciudad de Montreal, en donde afuera de los restaurantes se lee “Apportez votre vin”, trae tu propio vino. Lo que le da la libertad al comensal de elegir lo que quiere tomar y pagar el precio justo.

La segunda es que los celulares se mantendrán guardados durante toda la comida y cada comensal tiene derecho a una sola foto.


El menú, que es con lo que se inicia el proceso creativo de cada Sesión, se inspiró en mi abuelo paterno, el era lechero así que a lo largo del menú encontraríamos productos lácteos, así como pequeños homenajes a mi padre y al puerto de Veracruz, de donde son.


Para el primer tiempo se sirvió lo que desayunábamos cada fin de semana cuando visitábamos a mi abuela gorditas (tapaditas) de frijol, queso fresco y salsa roja cruda.

Todo al centro, todo en vajilla de barro y se comían con las manos.




Está pensado en dos por persona, pero se sirven todas al centro y este detalle se comenta, lo que genera una dinámica en la mesa de compartir alimentos y diálogos: ¿cuántas llevas? Yo solo me como una, si quieres tú comete tres. Incluso, Alfonso me preparó una y acompañé a mis comensales durante el primer tiempo.




Terminamos y recogimos todo, Jerónimo se ofreció a llevar los comales vacíos y Peña recogió los platos, se servían vino y mezcal, estábamos en familia.


Cuando era pequeña mi padre “descubrió” el aguacate y se obsesionó, siempre comíamos aguacate con el. Ibamos al súper -un aguacatito, nos sentábamos a cenar -un aguacatito.

De ahí surge el segundo tiempo, la sopa: de aguacate, con aceite de albahaca, yogurt de búlgaros hecho en casa y unas hojas de trébol. Servida en platos hondos, verdes y naranjas, decoraban alegres la mesa puestos intercalados. ¡Que lindos colores!

Todo el mundo quería más tréboles, porque había una explosión ácida en sus bocas al morderlo. Por suerte teníamos de sobra.




Venía el tercer tiempo, el plato fuerte y lo servimos sobre la mesa. Una gran hoja de falso banano y dos pequeñas de plátano, engalanaron la mesa y fungieron como plato, en donde colocamos el pescado (cualquiera que conociera a mi padre, sabría que lo que más le gusta comer es pescado) sencillo, envuelto en hoja de acuyo con limón y sal.


Pedimos a tod@s que tomaran su copa y su vaso y se pusieron las hojas.

Dos pequeños platos acompañaban al pescado, uno con arroz con ghee y otro con dos conservas hechas una semana antes: Echalotes con cáscara de mandarina, vinagre de manzana y piloncillo y otra de apio y chile jalapeño con aceite de ajonjolí y soya.




Fue una experiencia divertida, montar sobre la mesa, Andrea temía por un bicho en la hoja, Jero pensó que voltearía también el plato de arroz y conservas, lo que hubiera sido muy divertido, el pescado casi se escurre sobre la banca y cuando vi que todos estaban por acabar me di cuenta que no teníamos un plan para quitar las hojas.



Al momento de terminar, cada una de las personas, doblaron la parte que tenían enfrente de la hoja y la empujaron para que Sebastián pudiera sacarla fácilmente. Estaba claro todo, no había ninguna barrera entre cocina, meser@s y comensales éramos una brigada entera.


Quedó la mesa libre para el cuarto tiempo. Una de las historias de mi tío, quien vivió en París 20 años es que los franceses después de comer ofrecen queso o postre y que el queso se acompaña de ensalada. Tomando esta idea lo servimos así: queso con ensalada y postre.


Ensalada de lechuga, arúgula, hojas y flores de mastuerzo y supremas de lima. Vinagreta de aceite de naranja y tomillo y tepache.

Y al centro, dos largas tablas de madera con queso maduro de dos leches. Que había guardado durante 3 meses.


La gente estaba llena, pero tenían ganas de algo dulce. Venía el postre: el dulce final.


El postre fue el primer plato que se diseñó para el menú.

Mi especialidad no son los postres, así que elegí hacer algo sencillo pero con una historia.




En su juventud mi padre fue apicultor y su miel favorita es la miel mantequilla. Se sirvió una galleta de miel mantequilla en migajas con un shot de leche bronca y como toque final, la nata que resultó del pasteurizado de la leche.

Servido en un hermoso plato blanco, grande, denotando su importancia.




Algun@s repitieron postre, mientras tomaban café, continuamos platicando hasta que oscureció, la posibilidad de lluvia se nos olvidó y pasamos una tarde tan a gusto, que agradecimos la posibilidad de poderlo vivir.